El timbre lleva sonando dos horas.
Cuando el
timbre se detenía de vez en cuando, se oían decenas de golpes; en cuanto
cesaban, el timbre volvía a sonar en una avalancha incesante de ruido. La dueña
de la casa, Sugihara Mariko, solo podía taparse los oídos con las manos,
acurrucándose en el sofá para aguantar desesperadamente. Intentó subir el
volumen del televisor y la radio al máximo para ahogar el ruido, pero el hombre
de afuera continuaba su acoso sin dudarlo. Había calculado que Mariko estaba en
casa, y al acosarla sin cesar con su voz, intentaba obligarla a reflexionar
sobre sus actos. No se detendría hasta que ella se disculpara y abriera la
puerta para dejarlo entrar.

